#ContarElArte: San Cristóbal de La Laguna, de frente a la humanidad

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27 mayo, 2020

#ContarElArte: San Cristóbal de La Laguna, de frente a la humanidad

En el relato de hoy, el escritor Roy Galán nos ofrece una profunda y personal reflexión acerca del concepto “patrimonio de la humanidad”, invitándonos a descubrir su hogar, San Cristóbal de la Laguna (Tenerife). Además de escritor, Roy es licenciado en Derecho por la Universidad de La Laguna. Ha publicado cinco libros, el último de ellos «Fuerte» con el sello Alfaguara Juvenil de la editorial Penguin Random House. También es articulista y colabora de manera continuada en medios como Mente Sana o en El Muro de La Sexta Tv. Desarrolla, además, una constante actividad escrita en redes sociales (@RevolutionRoy en Twitter y Facebook y @roygalan en Instagram).

Antes o después de emprender este viaje literario, te recomendamos un paseo virtual por San Cristobal de la Laguna a través de su guía online. También puedes seguir toda la información sobre esta Ciudad Patrimonio de la Humanidad a través de Instagram, Facebook y Twitter.

 

San Cristóbal de La Laguna, de frente a la humanidad

 

 

La última vez que vi a mi madre con vida fue en la casa en la que vivíamos en La Laguna. Era una casa terrera que hacía esquina en El Coromoto y la verja que la rodeaba le confería un aplomo casi espectral. La verdad es que daba bastante miedo. No recuerdo cómo fue la despedida, supongo que habría besos y abrazos en la acera y puede que hiciera uno de esos días en los que la ciudad parece echarse una siesta, en los que hay como un peso invisible, un silencio específico en un cielo completamente azul. O puede que, probablemente, lloviese. Es curioso porque no soy capaz de ver en mi cabeza cómo iba vestida mi madre pero sí puedo dibujar en mi mente el lugar en el que sucedió todo. Esa esa la verdadera magia de los lugares: que son cajas de resistencia para nuestra memoria, las preciosas cubiertas de los libros que recogen las historias de nuestras vidas.

Mi madre murió en verano y en invierno nos mudamos de casa.

Pasó el tiempo y yo seguí existiendo y en La Laguna estudié, me emborraché, hice el ridículo, crují de la emoción al ver «Los amantes del círculo polar» en el cine Aguere, me enamoré platónicamente, comí pipas compradas en el kiosko de la Catedral, rompí con mi novio (que me quería mucho pero yo pensaba que el amor era que pasaran de mí) en un banco de la plaza del Adelantado, trabajé muchas horas, cayó aguanieve e hicimos un muñeco en la calle San Juan, le di un paseo a mi abuela en silla de ruedas, me golpeé la cabeza, me volví a enamorar y me rompieron el corazón, ocupé el espacio de la manera que los cuerpos vivos lo hacen: viviendo.

Cierto día, caminando por El Coromoto, y quién sabe si intentando encontrarme con el fantasma de mi madre, descubrí que aquella casa ya no estaba. No había rastro de ella, como si hubiera sido abducida y se hubiesen olvidado de llevarse la verja tenebrosa. El paisaje (y yo) habíamos cambiado irremediablemente y aquello que atesoraba lo último compartido con alguien a quien no pude ver más había también desaparecido. Durante un segundo me puse triste pero luego pensé en la ciudad.

Ella se mantenía erguida e intacta, protectora casi.

Y de alguna manera mi madre, habiéndose llevado su cuerpo con ella, me dejó un sitio para sobrevivir.

Algo a lo que poder llamar hogar.

Ese en el que nunca te acabas de despedir del todo porque siempre que regresas te confirma quién eras.

Ese que es el verdadero patrimonio de la humanidad.

El que tiene que ver con todo aquello que da cobijo.

A nuestros afectos y vínculos.

 

Roy Galán. Escritor.